lunes, 14 de marzo de 2016

Capítulo 28

He estado editando el siguiente capítulo hace poco (tarde lo sé xD) así que aquí os lo dejo. Disfrutadlo que me ha costado lo suyo.


28

Al día siguiente Mary llegó a la casa de Víctor para, como siempre, hacer su labor habitual. En esta mañana de domingo no le extrañó que Víctor no se hubiera levantado aún, pues la noche anterior éste había salido, y seguramente había vuelto bastante tarde. Con tranquilidad, se dirigió a donde dejaba Víctor el cesto con la ropa sucia y comenzó a retirarla para llevarla a lavar, cuando de pronto algo la hizo detenerse, casi paralizada. Se trataba del conjunto que había llevado Víctor la noche anterior, estaba ensangrentado y un poco roto. Aquello asustó a la criada, desde hace apenas dos semanas la mujer encontraba, de vez en cuando, ropas raídas o con restos de sangre, entre los atuendos de su señor. Pero nunca había visto semejante cantidad toda junta. No pudo evitar preguntarse qué haría su señor para que su ropa culminase así, cuando apenas había visto heridas por su cuerpo. Era algo inusual, al igual que los misteriosos asesinatos que se llevaban produciendo últimamente. ¿Qué ocurría en Stern?

No te precipites, Mary. Recuerda tu promesa” La voz del ya difunto Eivan Roswell sonó nítida en su mente, reviviendo recuerdos perdidos hasta retroceder al momento de su elección para el puesto que ahora ostentaba. Había pasado tanto tiempo desde entonces…



Fue hace años, en una época en que la sirvienta ni siquiera residía en Stern. Al igual que la familia Roswell. La esposa de Eivan Roswell había fallecido recientemente, de una grave y angustiosa enfermedad y el señor andaba buscando una criada, (aunque nunca lo había manifestado con ese término justo) , para que hiciese las labores de la casa y le ayudase con el cuidado de los más jóvenes de ésta, sus hijos Víctor y Giovanna. Mary, como muchas otras jóvenes deseosas de trabajo, respondió a la oferta, necesitaba trabajo. Estaba sola y viuda, sin apenas sustento para vivir y había oído que el señor de la casa pagaba muy bien, a pesar de la fama que tenía. Se decía que él y su familia viajaban mucho y nunca se asentaban demasiado en un sitio propio, el señor era un arquitecto y pintor muy respetado e iba adonde lo pedía su trabajo. Pero también, y aquella era una de las razones por las que todo el mundo en Venecia parecía haber oído hablar de ellos, que eran peculiares. Extraños, incluso. Las malas lenguas habían incluso llegado a decir que Eivan Roswell era un brujo, debido a ciertos rumores de hechos ocurridos, en su presencia, o personas que se comportaban de forma distinta por él. Todo mentira, por supuesto, o al menos es lo que creía ella. No le gustaban las personas que, por las razones que fueran, acusaban a otras de algo sin pruebas válidas. Y no se dejaba influenciar por ellas, por eso cuando recibió la aceptación lejos de sentir miedo o arrepentimiento, la embargó una inmensa sorpresa y curiosidad. No se esperaba ser elegida, las había más cualificadas. Fue eso mismo lo que le expresó la joven cuando Eivan la llamó a su despacho, para explicarle paso por paso sus labores en la casa, ahora que había sido aceptada. ¿Por qué ella? La respuesta aun perduraba en su mente, a pesar del tiempo pasado, lo que le dijo él:

No es sencillo de explicar, aunque si de entender. Seguramente habrás oído los rumores que me rodean. –Comenzó a hablar Eivan, con esa templanza que le caracterizaba. Ella asintió. –¿Los crees?–Negó con la cabeza.

Esos rumores no solo no tienen, ni pies, ni cabeza, sino que son reproducidos por personas rechazadas, o a las cuales usted hizo algo que no les gustó. No aprecio las habladurías ni el tipo de personas que las divulgan sin contrastar. –Lo que se definía como una clara explicación del por qué Mary no creía en aquellas historias fue recibido por una sonora, aunque no burlona, carcajada de su interlocutor.

–Y aún te preguntas, ¿por qué te elegí? –Cuestiono con una sonrisa irónica. –Eres la primera persona de tu clase invulnerable a las críticas y rumores ajenos que conozco. Discreta y sincera en todo. No me gustan las personas cotillas, toda curiosidad debe tener un límite. –Juzgó, mientras que la joven asentía. No podían tener opiniones más semejantes de aquel tema. –Y por eso, quisiera pedirte que sea lo que sea lo que ves aquí. (Porque es probable que veas cosas cuando menos sospechosas.) No lo investigues, ni lo divulgues. Será mejor para ti, créeme.–Dijo él, serio. No parecía una amenaza, más bien una advertencia, como si hubiese un gran peligro tras la violación de esa petición. Mary no tenía previsto hacerlo, pero una confirmación no haría daño, por eso dijo.

No se preocupe, señor Roswell, no tenía previsto hacerlo.–El hombre la observó fijamente durante unos instantes y sus labios mostraron una pequeña sonrisa.

Tus palabras son sinceras y eso te honra. Comenzarás mañana por la mañana, ¡mucha suerte!–Aquellas palabras y una educada despedida sellaron el intercambiaron.

Volviendo a la realidad, Mary sonrió nostálgica. Echaba de menos al señor. Eivan siempre había sido bueno, agradable, creativo y original. Casi siempre su simple presencia bastaba para instaurar alegría y orden en aquella casa… Decidida, cogió las prendas y rescató lo que se pudiera recuperar cosiendo y, o lavando. No era la última vez que ocurrían hechos extraños junto a los Roswell pero no le importaba, tanto Eivan, (cuando vivía), como Víctor eran personas excelentes y para las que se sentía contenta de trabajar. No lo cambiaría por nada del mundo, y por eso decidió seguir fiel a la promesa de aquel día, y no investigar nada de lo que pasase en aquella casa, mientras laboraba…


Lo siento.

Aquellas habían sido las palabras de Simeón antes de que todo comenzara. Antes de que los lobos atacaran: “Lo siento”. Más que un pensamiento, un sentimiento. Siméon realmente parecía arrepentido y aun así no se detuvo. Solo huyó…

Víctor se sostuvo la cabeza, rendido, a pesar de la mañana. No había dormido mucho, al menos no seguido. Se había pasado la noche entre visiones de lobos, Siméon, y sangre, mucha sangre. Distorsiones de lo que había pasado en realidad, creadas por su mente con el fin de atormentarlo. Se incorporó levemente, acariciando la zona que bajaba desde su pecho hasta su vientre. Cerró los ojos de golpe al recordar las garras y la sangre cayendo. Sino fuera por aquella chica, Anne, quizás… 


Una leve sonrisa se abrió paso a través de sus labios al recordar a la chica pelirroja. Parecía tan distinta a él… Casi una principiante y aun por encima de clase baja. Lo había sabido al instante por sus ropajes remendados y adaptados a su situación de combate. Se veían más cómodos que el traje que llevaba, quizás debería de pensar en crearse el también un traje de combate cómodo. Lo haría si supiera coser y remendar, aunque tampoco estaba seguro de que crear. 

Sacudió la cabeza con una risa baja, decidiendo levantarse, pensar en posibles trajes de combate que nunca se pondría era más entretenido que recordar el día anterior. Le ayudaba a relajarse y alejar el miedo de su mente. Apenas había reconocido los otros lobos que le habían atacado, (con excepción de Siméon), pero ya su casi perfecta organización hacia pensar que venían de una manada, la misma a la que seguramente pertenecía Simeón ahora. Y tenían orden de matarlo.

Bueno, considerando que era un Seyen y prácticamente les estaba privando de su “comida”, al socorrer a los humanos que atacaban, no era de extrañar. Pero la amenaza no le sentaba bien, tenía miedo, y al mismo tiempo sentía curiosidad. ¿Quién mandaría en los licántropos? ¿Semil? ¿Otra persona? En cualquier caso tendría que ser alguien poderoso si había sido capaz de derrotar a su padre, y ahora parecía tener preparada una buena manada para hacerle frente a él…

Víctor procuró alejar sus recuerdos de su mente mientras se preparaba, había decidido que ya que se encontraba bien iría a entrenarse, le vendría bien para estar preparado, y además, seguramente aquello aliviaba su inquietud, o eso esperaba.

Sin embargo aquella inquietud no era infundada, en realidad cualquiera que conociera a Ulrika sabría que ella nunca se rendiría en su fin de borrar la estirpe de los Roswell de la faz de la tierra; únicamente Giovanna por ser Licántropo se libraría de su ira, por el momento.


Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Gerard se hallaba trabajando, a pesar del día y el cansancio. Últimamente no dormía muy bien y seguramente no lo suficiente. Era consciente de que trasnochaba mucho trabajando, pero aquel caso, los asesinatos,... Lo tenía completamente atrapado. No podía parar. Al menos no mientras no avanzase en su tarea de descubrir quién o quiénes perpetuasen estas muertes. Siguió observando con atención el cadáver de la joven, que yacía en la mesa de la sala, buscando algo que no hubiese visto antes. Y entonces lo vio, una clave que brilló como una luz en su mente... Se acercó decidido para examinar la joven cicatriz en el cuello de la muchacha, atentamente, completamente concentrado, cuando alguien lo interrumpió, posando una mano en su hombro.

–¿Qué haces trabajando Gerard?, ¿Emil, no te había dado el día libre?– la voz de Candel lo hizo sobresaltarse, ni siquiera lo había oído llegar. Se giró procurando aparentar una calma que no tenía y dijo, contestando:

–Sí, me lo dio…–por un momento Gerad se sintió un poco culpable. Su amigo se había preocupado por él y le había dado el día libre para que descansara y sin embargo, allí estaba, trabajando porque, aunque le costara admitirlo, era incapaz de quedarse quieto, como debería. Se encogió de hombros e intentó virarse para volver a su trabajo, pero Candel no lo dejó.

–Pues entonces deberías irte a casa.–Dijo. –Créeme esto no te conviene…–Aquello último parecía más una advertencia que un consejo. Hecho que hizo que el joven investigador reaccionara de forma algo brusca, apartando su mano de un manotazo.

–Yo sé lo que me conviene, Candel. –Replicó. Tal vez estaba siendo muy seco, pero entre la falta de sueño y la frustración de no tener ningún sospechoso en mente, no estaba de humor. Lo había visto, una pista, pero antes de que su mente la registrara él lo había interrumpido, y aun por encima no lo dejaba virarse.

Pero Candel, por inusual que pareciera, no contestó. De hecho, se hallaba observando el brazo izquierdo de Gerard, con curiosidad, concretamente la zona que había apresado su mano al defenderse del golpe. No podía creerlo… Gerard estaba...¿herido? Sí, era algo casi imperceptible. La cicatriz de un leve, pero recién, corte que sus dedos rozaron. Y entonces lo vio, fue un segundo, la imagen de lo que parecía un brazo largo, aunque demasiado curvado y cortante como para ser uno. Al menos uno humano. Un brazo, un ataque y la sangre emanando de aquella herida… 


Existe un lazo inalienable entre la herida de un demonio y este. Como una marca grabada para siempre en su piel. Mientras esta se cura todo el mundo la percibe, pero únicamente los demonios tienen acceso a ella. Un simple roce basta para saber quién la hizo. Ver el recuerdo del ataque a través de la zona. Y Candel, al rozarla sin querer, vio a Ariel:

La vio atacar al joven en aquella noche estrellada y a este defendiéndose, haciendo que una leve sonrisa se colara por sus labios, al percibir aquel ataque que Gerard ya no recordaba. Al menos Ariel había conseguido algo. 


No hacía mucho tiempo que los demonios se habían planteado encargarse de aquel inteligente humano, que parecía tener un sexto sentido para saber quién o qué producía cada muerte. Era peligroso, si los humanos advertían aquellas muertes inusuales, el mundo sobrenatural que se ocultaba entre las sombras… Todo podía caer. 

La base del control de una zona del mundo por una raza concreta, ya fuese esta demoníaca, vampírica o licántropa, era la facultad de vivir en discreción. Alimentándose de los humanos sin que estos llegasen a sospechar que algo inusual ocurría. Pues aquello no solo era el modo más tranquilo de vivir, sino también el más seguro. Sin embargo esa seguridad no era fácil de obtener, todo se basaba en un juego de lucha y dominio entre razas. Porque por más que uno lo quisiese era imposible que todas las razas sobrenaturales terminasen asentadas en la misma zona, en armonía. Ocurrían hechos como todas aquellas muertes que estaban poblando a Stern y alertando a las autoridades. Hechos que debían evitarse a toda costa, si uno quería sobrevivir. 

Las muertes inexplicables los exponían, y cuanto más expuestos estén, más peligro había de que todo terminase para ellos. Con la llegada del hermano mayor de Candel, Christopher, el grupo de demonios parecía menos disperso. Se juntaban y organizaban en pequeños grupos, planeando sus intervenciones con más astucia. Christopher creía en la supremacía y el control de los demonios sobre todas las razas. Estando dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Algo nada sencillo, controlar el tablero sin que nadie más lo advierta. Siempre había piezas rebeldes, elementos a eliminar por salirse del control. 

Y últimamente Gerard se estaba convirtiendo en una de ellas. Recordó la charla que había tenido recién con su hermano sobre el chico, aquella que le había llevado a mandar a Ariel sobre el terreno:


¡Ay, Este chico!–Candel llegó a su casa en la noche soltando un leve suspiro de fastidio por lo tarde que era. Hacía días que las cosas no iban muy bien para ellos en el cuartel, Gerard era un chico avispado, mucho. Desde aquel día que el investigador averiguó con demasiada facilidad que el atacante había sido un lobo, Candel se había comprometido a controlarle, mientras siguiese vivo. Creyendo que era cuestión de tiempo que los licántropos lo matasen, sin que ellos no tuviesen que mover ni un dedo para eliminar el problema. Pero el poder de Seyen de Víctor despertó, ocasionando que su objetivo adquiriese una protección imprevista, que hizo que todo se estancase.

Llegas tarde. –Le llamó la atención su hermano al verlo, desde la escalera del interior de la casa. Christopher era un hombre alto, fuerte y apuesto de ojos marrones verdosos, con, al igual que Candel, unos tenues destellos rojizos. Única señal perceptible de su entidad demoníaca, en su forma humana. 
A simple vista no parecían demasiado semejantes, su pelo era castaño y algo desenfadado, el de Candel, rubio, corto, y elegante. Sin, embargo, los dos eran hermosos a su manera. Candel asemejándose mucho a lo que hace algunos siglos se consideraría un príncipe, mientras que Christopher tenía más el porte y la constitución física de un general. Intimidaba un poco.

¿Te has encontrado con Víctor, acaso?–Negó con la cabeza.

¡Ojalá!–Le contestó tanto en deseo como protesta. –Al menos él es lo suficientemente prudente para que lo que sepa no cree problemas entre los humanos. Gerard comienza a crisparme los nervios, y eso que leo las mentes. Siempre ha sido algo tozudo, pero desde que descubrió aquella muerte se sobrecarga por el más mínimo índice. Necesita una vigilancia constante. –Razonó algo frustrado. No le gustaba tener que controlar a Gerard, vigilarlo, seguirlo,… Era un trabajo algo cansino y no muy agradable, si solo pudiera “llevar a Gerard de la mano”. Dominarle, como hacía con Catrina, se le haría muy sencillo. Pero no podía y aquello no le gustaba, el tener que estar pendiente del chico y su mente, de forma constante, para prevenir sus actos, lo cansaba mucho.

¿Has considerarlo matarle?–Preguntó Christopher, directo, y su hermano negó. –Pues deberías pensarlo, el trabajo en el cuartel es duro. Sobrecargarse es algo que llega a cansar a uno y el cansancio afecta a los reflejos, la conciencia... Podría hacerle actuar con demasiada lentitud, no apartarse a tiempo si surge algo. Los accidentes ocurren...


El tono tan frío como perverso que contenían sus palabras elevó el interés de Candel. Accidentes, justo el área en que él era un experto, matar de tal forma que nadie sospechase que había sido un asesinato. Por eso llevaba tanto tiempo en Stern sin mayores problemas, concretamente desde que era apenas un niño humano con poderes demoníacos. Era más difícil sospechar de él de lo que uno podía pensar, al saber que era un demonio.

¿En serio estás insinuando que debería de matarle yo mismo? ¿No quedaría algo sospechoso? Víctor sabe lo que soy, que trabajo con Gerard desde hace apenas un año. Me será difícil acercarme a él con esas intenciones sin que lo capte. No sé si lo advertiste, pero el Seyen tiene una muy peculiar habilidad para prever los peligros mortales, que rodean su entorno. No tendría más que una oportunidad.–Dedujo, cauteloso, era eso lo que había apreciado la primera noche que él y Víctor se vieron enfrentados cara a cara. A pesar de no pelear contra él, Candel había captado que tanto sus actitudes como sus movimientos estaban demasiado bien calculados, como para no poseer una habilidad especial.

Pero la tendrías, ¿verdad?–Volvió a interrogar Christopher, impaciente, a lo que Candel se negó a contestar. –Aun así una sola es poco...–Razonaba suavemente. –Quizás otra persona, alguien más ajeno que te libre de sospecha. ¿Ariel? Creo que es lo suficientemente fuerte como para plantarle cara al Seyen si este aparece, aunque dudo que Víctor quiera pelear estando Gerard presente. Ningún Seyen razonable lo haría. –Era cierto, los Seyens nunca se arriesgarían a que los humanos descubriesen su segunda natulareza, al igual que las otras razas, no sería prudente. Candel asintió con una sonrisa aliviada…


El forcejeo repentino de Gerard hizo que Candel se centrase en aquel cuartel, donde siquiera había soltado su brazo. Hizo más fuerza para retener al chico, que comenzaba a mirarle de forma desconcertada. Aquella situación era inusual, la fuerza que estaba haciendo Candel, de repente, no era para nada propia de él. Quién en otra situación ya lo habría soltado, sin darle demasiada importancia a aquella brusquedad. 

–Es una herida extraña, ésta, ¿cómo te la hiciste?–Dijo acariciando suavemente la zona con los dedos, haciendo que un extraño hormigueo se propagase por esta. Era algo extraño la sensación, como poder... Y una energía que hizo que sus vellos se erizaran, a la par que una ola sorprendente de miedo lo recorrió. Quiso separarse, desesperado, pero los ojos de Candel lo buscaron, y ya no eran marrones sino que habían mudado en un tono rojo escarlata, puro e hipnótico. Lo paralizaron de repente, su conciencia cayendo en una especie de hechizo que le impedía ser consciente del mundo que rodeaba. De su herida abriéndose de forma lenta pero clara, a la par que Candel sonreía maliciosamente. 

Por fin su deseo se había cumplido, podía controlar a Gerard, dominarlo… Los demonios tenían una forma muy peculiar de alimentarse, con las armas que al nacer les había dispuesto la naturaleza, ya fuesen miembros filosos como cuchillos, garras, o incluso mutables, entre otros; podían herir a su contrincante lo suficiente para abrir una brecha entre ellos y la energía del sujeto herido. Generalmente humano, aunque también ocurría con otras razas. Brecha que los demonios tenían el poder de activar, reabriendo y cerrando la herida a voluntad con solo tocarla, independientemente del estado de esta. Cuanto más grave era la herida, más energía absorbían. 

Candel amaba esto, el placer sobrecogedor que proporcionaba la energía de su víctima, añadido a la sensación de poder que sentía no solo por aquel gesto, sino también la hipnosis y el control que suponía. El lazo de influencia que podía ejercer el primer demonio en alimentarse de un humano. Una sumisión paulatina e inconsciente. Podría matarlo si quisiera, pero aquello no solo anularía el efecto sino que lo obligaría mostrar su verdadero aspecto y herirlo más. Volviéndose todo más sospechoso, tal y como le había revelado a Christopher aquel día. 

Calculó brevemente la energía que deseaba, y en cuanto la obtuvo cerró el flujo y con él la herida, que volvió a su estado inicial. Pudo observar, como era de esperar, que esta había sangrado y retiró algo de sangre con la mano. Culminando por chuparse un poco los dedos antes de sacar un pañuelo de tela que pasó por ellos y la zona. La sangre le gustaba casi tanto como la energía pero no le llenaba, ni a él ni a ningún demonio, por cierto. 

Poco después se centró otra vez en Gerard y, controlándolo con la hipnosis, se aseguró de que no recordara apenas nada de aquello último, y achacara la debilidad al cansancio. Sus ojos recuperaron entonces su tono marrón caramelo, más habitual, a la par que Gerard se liberaba del influjo, apartándose del hombre un poco, su mano sobre aquella herida, sosteniéndola como si algo la hubiera arañado levemente.


–Me rocé con unas ramas al salir, hace dos o tres días. Escuece un poco. –Dijo Gerard, sin embargo al posar sus pies en el suelo se sintió mareado por la rapidez del movimiento, tambaleándose un poco antes de estabilizarse. Se sentía débil. Candel lo observó con inquietud.

–¿Estás bien?–Preguntó simplemente, fingiendo preocupación, y él asintió.

–Solo algo cansado, no te preocupes. –Articuló. Pero entonces los ojos de Candel lo atraparon de repente, obligándole a mirarle fijamente a la par que decía:

–Entonces vete y descansa. Lo necesitas. –Sus palabras, aunque tranquilas y aconsejadoras, se internaron en su mente como si se tratasen de una orden que no pudiera descuidar, y menos desobedecer. Asintió de forma breve y sumisa, y comenzó a recoger sus cosas. 


Entonces, al ponerse la chaqueta recordó que, al ver aquella leve herida en su brazo, Víctor le había recomendado tapársela. Y él no lo había hecho. Bueno, tampoco es que importara mucho ahora, tapada, al aire libre,…Iba a curarse igual.

–¿Terminas de recoger, tú?–Le preguntó a Candel, a punto de salir de la estancia.

–Sí, no te preocupes– Contestó Candel, y Gerard se fue confiado.

Una vez solo Candel se limpió los restos de sangre en el lavabo del laboratorio y rió. Era increíble lo fácil que había sido. Ahora al fin podría tener controlado a Gerard, no del todo, pero al menos lo suficiente para vigilarlo y cuidar de que no descubriera nada más, y menos lo divulgara. Cuando culminó de recoger todo, no pudo evitar llevarse algunas pruebas y observar a la chica, una clara víctima de vampiros, preguntándose que harían éstos si supieran que al mismo tiempo que cuidaba su tapadera, también hacía lo mismo con la de las otras razas. ¿Se lo agradecerían?

Cuando estuvo listo cerró todo y salió para reunirse con Christopher, que estaba esperándolo en un descampado no muy alejado, junto con Achille, y una chica muy joven de ondas pelirrojas y angelical rostro. Ariel.


–Al fin llegas.– dijo Christopher, observando su reloj de plata con ademán crítico, al verle.

–Disculpa, tenía que arreglar un asunto. –Le explicó Candel, acomodándose a su lado contra un arból y suspiró, su rostro adornado de una leve sonrisa. Christopher lo observó con curiosidad, había una razón por la cual los dos hermanos no eran parecidos en ninguno de sus aspectos. Candel había nacido entre los ingenuos humanos de Stern, fruto de una relación prohibida entre una humana y un demonio. Christopher, en cambio, si bien su padre era el mismo demonio que el de Candel, tenía por madre a una demonesa. Criándose así entre demonios y seres sobrenaturales, a pesar de la infidelidad de su padre hace algo así como veintiún años. No podía afirmarlo con seguridad, pues en aquella época él aun era muy joven como para conocer ese hecho. 


Se habían criado así entre ambientes muy diferentes hasta que los poderes de Candel comenzaron a manifestarse, convirtiéndolo poco a poco en el demonio que era ahora. Ni su padre, ni la mujer con la que estaba, manifestaron interés por aquello, pero él, se convenció de que el chico no tenía la culpa de lo que había pasado entre sus padres e intentó ayudarlo. Visitándolo en Stern muy a menudo hasta que ahora tenía previsto asentarse de forma definitiva. Candel ya no lo necesitaba como cuando era joven, más le había tomado cariño al chico y a la ciudad. 

Su hermano advirtió entonces su escrutinio y Christopher desvió la mirada. Era curioso tener un hermano demonio criado entre humanos, tan diferente... Sentimental incluso, algunas veces. Por su parte Candel sentía cariño y respeto por su hermano mayor, pero también envidia, porque el hombre a su lado, siendo hijo de demonios, no solo era inmune a las emociones humanas, o eso creía, sino que también era más fuerte que él.

–Por cierto, Ariel. –Llamó la atención ,Candel, de la bella joven pelirroja, entretenida en observar el paisaje otoñal. –Enhorabuena por lo de aquella noche, no lo has matado pero has conseguido algo. –La chica lo observó desdeñosa.

–¿Él qué?–Preguntó con sarcasmo. –No es como si el investigador recuerde algo de aquella noche, ¿verdad?

–Lo has herido. –Insistió Candel. –Es bueno ahora puedo...–Intentó explicarle benevolente, pero la chica lo interrumpió.

–Deja de burlarte, ¡arg!–Candel se quedó callado algo sorprendido. –Lo tenía maldita, sea. ¡Lo tenía!–Y las imágenes de aquella noche invadieron su mente. Había sido sencillo, últimamente ese humano acostumbraba a salir del trabajo ya caída la noche, cada vez más empeñado en averiguar algo que seguramente tardaría mucho en creer: Lo que se ocultaba tras eso asesinatos tan peculiares que se sucedían. Así que ella únicamente tuvo que esperar a que el saliese del cuartel para engañarle y atacarle. 


Al principio fue sencillo, su baja estatura y aspecto infantil y angelical jugaban a su favor, fingió ser una chiquilla perdida y el joven atraído por sus falsas peticiones de ayuda enseguida acudió y cayó en la trampa. Aún recordaba la cara de asombro y pavor que había mostrado al ver su verdadera naturaleza, cuando ella le atacó. La sorprendió al defenderse con el brazo como escudo y la mirada al suelo, en un intento de ocultar su obvio temor. Gestó que la entusiasmó, lanzándose a atacarle más confiada, empujándole al suelo para cuando una fuerza invisible la lanzó violentamente hacia atrás. 

Haciendo un esfuerzo pudo vislumbrar a ese seyen, Víctor, acercándose al humano antes de que el cuerpo de ella chocara violentamente contra el suelo, haciéndole perder momentáneamente la consciencia… 

–¡Pero ese maldito Seyen se entrometió! ¿por qué no puedo matarle, ya?–Protestó, actuando como una niña pequeña, le faltaba patalear.

–No es mala idea. –Dijo Christopher, sereno y reflexivo, desde que se había convertido en Seyen, Víctor no había hecho nada más que darles problemas para cazar. Apartarlo del camino cuanto antes era lo más razonable. Sin embargo, enseguida Candel lo contradijo, mirando a su joven subordinada, preocupado.

–Es demasiado peligroso, ya hemos perdido a Elisa por subestimar a un Seyen. No nos podemos permitir el mismo error.– Y Chistopher volvió a observarle con curiosidad, era fascinante la forma que apreciaba Candel a sus subordinados, tratándolos ya no como demonios a su servicio, sino como iguales. Elisa, Ariel, él, incluso Achille, todos los demonios que se acercaban a él recibían afecto y comprensión. 


Al inicio su hermano pensó que era un juego para controlarlos mejor, pero ahora estaba comenzando a comprender que Candel gustaba de tejer lazos con sus semejantes. Unos lazos tan fuertes que sus muertes le afectaban. Al contrario que a él, que únicamente sentía empatía por su hermano, aquí presente. Los demás podía desecharlos fácilmente.

Ariel asintió a regañadientes, dándole la espalda a Candel, malhumorada. Mientras que Christopher elevó la cabeza al cielo, era cierto, en aquella ocasión habían subestimado a la joven. Pero no tenía porqué pasar de nuevo. Si mandaban a alguien astuto la próxima vez, quizás...


Candel soltó un suspiro al ver que Achille agachaba la cabeza con culpabilidad, quería decirle que no era culpable, que los dos habían subestimado a la joven pelirroja al juzgar que Elisa la vencería con facilidad. Pero ignoraba cuanto de certeza y mentira había en aquellas palabras, ellos la habían mandado sí, pero era precisamente Achille quién había recomendado a la demonesa con naturaleza de sombra. No él.

Fue entonces cuando una presencia cercana interrumpió aquel instante de tensión, haciendo que Candel se diese la vuelta, curioso. Allí, Catrina se había detenido en medio de su camino, mientras discutía amablemente con Layla.

–Yo creo que no deberías de darle tantas vueltas, deja de verlo y listo.– Aconsejaba esta.

–No es tan sencillo, Cedric y yo somos amigos desde la infancia, no puedo dejar de verlo solo porque se ponga un poco pesado. –Explicó Layla.

–¿Un poco? Si fuera un poco no habrías salido de su casa tan enfadada. Es comprensible que te quiera y esté celoso, pero esto ya es pasarse de la raya– opinó Catrina.

–Lo sé y te juro que me pone de los nervios. Pero quitando aquello mis padres y los suyos se llevan a las mil maravillas, no quiero que se enfaden, con lo que me ha costado convencerlos de que anularan mi compromiso. No estaría bien, podrían replanteárselo y…

–Te asustas por nada Layla.– la interrumpió Catrina en un tono tranquilo y calmado. –No creo que tus padres hagan eso después de dejarte salir en más de una ocasión con Víctor pero tienes razón, no hay porque cortar la relación de raíz o al menos no aparentemente.

–¿Que quieres decir?–Inquirió Layla confusa, observando a su compañera.

–Que simplemente te alejes un poco de Cedric, no lo veas tan a menudo, rechaza algunas de sus invitaciones y si organiza una fiesta y te ofrece ir preséntate con Víctor. Así poco a poco le irás lanzando indirectas, y tarde o temprano lo comprenderá y se alejará. Así hice yo con Samuel, aunque debo admitir que no era tan testarudo…–Le aconsejó Catrina riéndose al final de la última frase. 


Samuel y ella habían tenido una especie de romance en el pasado, si es que se le podía llamar así. Cercanos desde que Catrina lo conoció con dieciséis años, en una noche en que el joven chico se hallaba desconsolado sin que ella entendiese la razón. (Poco después supo que esta había sido un corazón roto.) Se habían hecho amigos incondicionales, apoyándose en los momentos más duros y felices hasta que Catrina se enamoró de él. Samuel tardó mucho en corresponder sus sentimientos, hoy en día ella incluso duda de que el chico pelirrojo la hubiese amado alguna vez. 

Era cierto que era cariñoso y atento, llegando a ser incluso extremadamente protector, alguna vez. Sin embargo había algo en él, Catrina no sabría decir si era tristeza, resignación, o un poco de las dos. Pero Samuel no estaba feliz con ella. 

Por eso no sintió ningún remordimiento al enamorarse de Candel, hace poco más de un año, por su forma encantadora de tratarla. Valiente, apasionado, protector y carismático. Candel era el hombre perfecto que cualquier mujer desearía. Se sentía muy feliz a su lado, a pesar de su fiereza que había llegado a asustarla algunas veces. Era parte de su encanto.

–No es mala idea; podría funcionar.– pensó Layla en voz alta y entonces pudo ver que Candel se acercaba a ellas. –Bueno voy a ver a Víctor, luego si eso ya nos vemos otro día– dijo a Catrina antes de irse para dejarla a solas con su novio.

–A veces me sorprende que sigas tan confiada con él.– La detuvo Catrina, crítica, haciendo que la chica castaña la mirase desconcertada.

–No sé a que refieres Catrina.– le contestó.

–A que tarde o temprano tendrás que abrir los ojos Layla, solo eso.–Layla no pudo evitar fulminarla con la mirada, Catrina era una amiga extraña, inteligente y sabia en algunas ocasiones, su buen juicio caía en picado al considerar a Víctor como pareja de Layla. No sabía muy bien por qué, pero ella suponía que el que ella y el chico moreno no culminaban de llevarse del todo bien, influía mucho en ello. Justo en ese instante Candel llegó a junto de Catrina y la riñó.

–Creo que deberías dejarlo estar, querida.– la aludida se giró hacia él y sonrió al instante al verlo, si había algo que la muchacha no podía negar era que su simple presencia le alegraba el día. Layla aprovechó el encuentro para terminar de irse agradeciendo interiormente la interrupción, lo último que deseaba era discutir con nadie.

–Perdona.– se disculpó Catrina ante su novio –Es que a veces me exaspera que éste tan ciega.–Candel instantáneamente la atrojo contra sí, apretando su cabeza contra su pecho, a la par que le acariciaba la nuca.

–Lo sé. –Murmuró sereno.

–¿Estás bien? –Le preguntó Catrina, preocupada por su gesto. 
El chico asintió sin soltarla y sonrió, alegre. 

Candel nunca había estado seguro de lo que sentía por Catrina, ella era una humana bella a la que, por una razón que desconocía, no podía matar. Su energía le atraía, sí, pero era otro tipo de atracción que no culminaba de entender. Por eso, revelándose contra su propia naturaleza, había hecho lo que fuese para conseguir tener a la chica entre sus manos. Una dócil compañera que, aun sin comprenderlo del todo, era capaz de consolarlo. Eso era Catrina para él. Algo importante, aunque todavía no lo advirtiera.

–Pero debes comprender que no puedes meterte en su relación de forma tan brusca. Es ella quién debe darse cuenta de su error y aprender de él. No tú.

–Está bien. –se rindió Catrina dándole la razón y cerró los ojos contra su pecho, justo cuando una llamada los interrumpió.

–¡Candel!– el aludido se giró hacia Christopher, para luego darle la espalda, murmurando algo ininteligible, que hizo que la chica se riera, feliz, antes de soltarle.

–Lo siento, tengo que encargarme de algo importante ¿Me esperas en casa?–Se disculpó y ella asintió, sin perder su sonrisa.

–Claro. No tardes mucho, ¿de acuerdo?.–Le dijo.

–No te preocupes– Le contestó Candel y la besó, ella correspondió al beso enseguida embriagada por él y sus besos. Lo adoraba, no podía negarlo, tanto que sentía que podría hacer esto eternamente pero entonces él se separó de ella. –Hasta pronto mi amor.– remató la despedida haciendo un circulo sobre sus labios y ella contestó, completamente tocada.

–¡Ha-hasta pronto!– Aquella fijación hizo que el joven sonriera de un modo satisfecho y malvado a la vez, mientras se acomodaba, de nuevo, junto a Christopher.



–¿Qué ocurre?– preguntó. Christopher procuró ignorar el desagrado que le había provocado aquella escena Era lo único que aún no era capaz de soportar de su hermano, el que fuese capaz de sostener una relación con lo que en estos momentos debía de ser su fuente de alimentación, una humana. Y dijo, contestándole.

–Pasa que hay que encontrar un modo de deshacerse de esa seyen plebeya cuanto antes.

–¿Por? Quería divertirme un poco con ella.– Se quejó Candel de forma infantil, su hermano rodó los ojos y siguió hablando.

–Y podrías hacerlo si únicamente estuviera ella, pero con Víctor también convertido toda precaución es poca. No podemos permitir que se encuentren, y menos que se unan.–Razonó, si ya los Seyen era problemáticos de por sí solos, unidos podían ser terribles. Tenían que evitar su encuentro a toda costa.

–Muy cierto.– se rindió Candel, aceptando lo evidente. –¿Qué planeas?– Preguntó entonces. Christopher se aclaró la garganta y habló, lo que se le había ocurrido era muy sencillo pero planeándolo bien podría funcionar y librarlos de esa seyen, y muerta ésta podrían al fin centrarse únicamente en Víctor. Sin inquietarse de que nada hiciera fracasar sus planes.
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Ariel



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